INUTIL

Inútil. Roberto Urbano es un inútil. Camina por el mundo con su recuento de babas inútiles y su caparazón cada vez más inequívoco de hombre inútil, sometido a los reflejos cavernosos de fantasmas igualmente inútiles, algunos de ellos soñados a menudo con materiales sustanciales y operativos como la madera o el metal. Roberto Urbano no salva. Es como la palabra. Ni siquiera está hecho para salvar. Por más que aporree superficies planas en busca de lenguajes siniestros, que se pelee con el flanco derecho de la aurora o de su neceser, jamás conseguirá salvar, no al menos de la manera plástica y verificable que se enseña en las facultades de medicina. No habrá nunca una póliza, y mucho menos un número con hambre de periódico o de tarima bursátil que salga volando alguna vez de ahí.

La inutilidad de Roberto es exasperante. Si Darwin le viera no dudaría ni un segundo en arrancarle de cuajo su sangre de inútil y colgarla en el balance contemporáneo de lo que no sirve y no hay necesidad y si por algún milagro no lo hace es porque el arte y lo artístico a veces todavía sirven para renovar el patrón de príncipe de las discotecas e incluso para desgravar. Roberto Urbano es un inútil. ¿Y qué? También lo son los tontos y los enfermos y los iluminados y las flores árticas y los gestos que se archivan en soledad. Y por supuesto también los filósofos y los poetas, en algunos casos colosos de la inutilidad. Inútil San Juan Bautista. Inútil William Blake. Inútil Ludwig Hohl en su sótano sin ventilación colgando con pinzas de la ropa las hojas sueltas de una obra que a nadie le importa para ver si se aclaraban bajo la luz del patio.  Se podrían hacer películas de inútiles, civilizaciones de inútiles con cromos intercambiables. Moisés agonizando en la línea de meta de la tierra prometida. Robert Walser con los pies hundidos en la nieve. Especialmente, porque son incontables – Dylan Thomas dijo aquello de “cariño, he tomado dieciocho whiskys seguidos, creo que es una buena marca” segundos antes de palmar- Cada vez el hombre expulsa a los aleros de la historia a mayores cantidades de inútiles. Tantos que resultan difíciles de clasificar. Más aún cuando el tiempo les absuelve con sus condonaciones y sus tiempos a destiempo de pasta dura y reconocimiento con estatua y banda municipal. ¿Malditismo? Demasiado fácil, demasiada gente para fumar en pipa en este ascensor detenido que es el mero estar. Por más que la inutilidad no esté de moda, la sobreabundancia de inútiles dificulta la exclusividad de los happy few; hay menos inútiles que útiles, pero inútiles, en suma hasta, en la sopa. Incluso útiles con inutilidad interior,  el clásico útil que se abotona su inutilidad en la oficina y hasta en el dormitorio y le administra sopapos trascendentes cada ocho horas como si se tratara de un volcán o de una bestia en erupción. ¿Cortina de los tiempos? Quizá, pero no siempre fue así. La inutilidad es un monstruo que ha ido creciendo hasta devorar cuestiones y sumas que antes parecían pertinentes y se elevaban grácilmente hasta la cumbre de la finalidad. O más bien ha sido al revés. Lo que estrecha es el mundo de lo útil. Y además con toda la violencia que sucedió a la eclosión de las fábricas y de los tornillos.

El hombre y el arte han desplegado una curva evolutiva ambivalente. ¿La música country? Inútil. ¿La papiroflexia? Inútil. ¿El sonido del trombón? Inútil. ¿La contemplación? Inútil hasta el punto de formar parte del tejado madre de la inutilidad, que es en sí mismo el tejado del espíritu. En una especie gobernada durante siglos por tradiciones de credo que trazaban surcos irreconciliables entre la materia y el cuerpo, ya se llamen cristianismo, Platón o amigos especiales de Kant, se ha acabado paradójicamente apostando por llegar al cuerpo y sólo al cuerpo; aunque, eso sí, con las manos llenas de redes telemáticas y paraguas y rascacielos y hasta paños de aguja para el sofá. Es lo que Val de Omar, otro miserable inútil, llamaba retroprogreso, pero justamente al revés: los hallazgos de la técnica, que son los hallazgos del confort, interpretados en exclusiva como herramientas para ahondar en la condición poligonera de bicho desprovisto de espiritualidad. Con tanto correr hacia el progreso el hombre útil se ha alejado de su tradición metafísica y al mismo tiempo mamífera y de casi todo lo que es ajeno a la continuidad. Se es útil mientras se fecunda maquinalmente a las mujeres. Se es útil mientras se acude al trabajo. Sé es útil y mucho más que útil cuando se ponen los pies en el damero de la historia y se mira siempre hacia adelante y sólo a los objetivos que pueden solaparse directamente con el juego de la supervivencia. Y esto es una trampa. Y una soberana traición. La piel del oso es ahora de fibra sintética, a las islas se llega sin remar, pero casi siempre con un objetivo verboso de dientes largos, con una meta que nace en el estómago, la pelvis o el temblor de orejas con el que se reciben los días fríos. Todo un escándalo ontológico. Sobre todo, cuando se llega al templo de la definición. La función, lo útil se mezcla con el ser hasta el punto de que en la selva del hombre ya no se admiten trapos sucios; somos lo que hacemos más que lo que comemos. Siempre y cuando se haga desde el punto de vista de lo útil y de los legitimadores de la utilidad. Cuando Duchamp introdujo su famoso orinal en un museo no estaba haciendo algo muy distinto a dar una sonora patada en el culo a la obsesión contemporánea por la producción; o dicho de otra forma, a la relatividad de los juicios que hacen que una actividad o un cuerpo adquiera un tipo de piel y un sistema de connotación. Y ahí se llega al arte, donde la diferencia entre utilidad e inutilidad se juegan en un terreno todavía más tenebroso y superlativo –Schopenhauer, quien dicho sea de paso, estuvo a punto de convertirse en agente de comercio por imperativo paterno y, en última instancia, social, se irritaba brutalmente frente a la pintura que consideraba que incitaba a ser descodificada bajo la presión de estímulos impuros como los apetitos corporales, véase los desnudos demasiado clásicos y demasiado explícitos o los bodegones. ¿Otro malabarismo platónico?-

El concepto de lo útil ha caído en desgracia. Y más en una sociedad en la que se aplica indistintamente a un médico cirujano que a uno de los nuevos oficios intangibles que han surgido al arrullo de la fase más pendenciera y abstracta del capitalismo. Ser un tontaina de las agencias de la calificación hubiera significado en otro tiempo lo mismo que ser un genuino ejemplar de hombre inútil. El contexto, el hombre, determina el sentido. Quizá por eso nunca ha sido tan despojádamente hermoso ejercer de inútil que ama a las cosas y a los seres inútiles, nunca tan franca, tan arrebatadóramente bien cosidas las costuras de la inutilidad. Diga no y diga basta. Con todos sus fracasos exquisitos y sublimes. Con su pozo de cosas nunca hechas y nunca dichas. Y sus baremos imposibles. Y su tristeza acanalada. De mamarracho. De profeta. De patán. Un auténtico e irremisible inútil. Con sus placeres de aquelarre cien por cien inútiles. Como Roberto Urbano. Dándole a las teclas de su espíritu justo en un momento de parálisis en el que paradójicamente sus coetáneos demandan más acción.

A Kurt Schwitters le pilló la guerra construyendo un collage infinito con despojos que encontraba por la calle o alojados en la cera de los zapatos de sus amigos. En su obsesión, llegó incluso hasta a alquilar el piso de arriba para reventar el techo y continuar con la progresión de una obra que sólo interrumpirían las bombas de los nazis. El protagonista de La vida instrucciones de uso, de Georges Perec, patriarca majestuoso de lo estéril, deja correr las décadas armando puzzles que no acaban nunca. Inútiles, zafios, negados ficticios y reales. Metáforas audaces de la falta de respuestas y el cul de sac paradigmático que es la cosa de la eternidad. Nada más humano que la perplejidad y la búsqueda. Con independencia del resultado. No palabras, sino lenguaje, dice Tranströmer. No arte, sino ejercicio artístico vital. Lo verdaderamente inútil dentro del sacrificio del mártir de lo inútil. Un muerto común, un muerto fundamental. Como todo lo que cuelga en Roberto Urbano y de su imaginación.

Lucas Martin Jurado