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Licenciado en BBAA en la Universidad de Granada, Roberto Urbano enfoca su obra hacia la investigación espacial de una producción escultórica; primeramente su actuación giró alrededor de la idea del automatismo psico-motriz, las múltiples manifestaciones objetuales y simbólicas de la materialidad y el posible sentido utópico de un intento de terapia (casi mística) de la experiencia estética, y en segundo lugar, entorno a una idea continuadora de este último signo característico de su obra, pero -esta vez- hacia cierto elemento mucho más relacional y colectivo, e incluso interactivo, de la experiencia pública del hecho artístico. Influenciado por sus lecturas de corte orientalista o alquímicas, “de tipo pre-modernas”, y por su admiración de la obra del artista y arquitecto cubano, Vicente Brito, con quien compartió estudio; la obra temprana de Roberto Urbano, está plagada de rizomáticos laberintos abstractos, trazos continuos y búsquedas metafísicas de la esencia del ser; planteados en dibujos, pinturas, cajas-pictóricas, tótemnes, pequeños obeliscos, u objetos de luz, donde el metal y la madera establecía un diálogo constante con materiales traslúcidos: metacrilatos, vidrios y cristales cargados de artesanalidad como una presencia latente. En cambio, en su obra reciente el artista se ha desprendido de esta artesanalidad para darle prioridad al perfeccionista resultado simulador de la indrustrialidad, que es combinado con el acto mismo de apreciar cada una de estas obras donde la vibración del metal, activada por censores de proximidad, instauran un “sinfonía sonora de lo relacional”, proyectando la experiencia del arte, más allá del acto mismo de ver, hacia el acto de sentir, añorar, padecer extrañeza, estupor o sorpresa. Con reminiscencias a la experiencia abrazadora de lo escultórico de Richard Serra o Bruce Nauman, o a la “idea de emboscarnos” de Ernest Jünger, Roberto Urbano ahora impone una conversación espacial, donde lo escultórico es completado por lo sonoro, mientras no deja de regalarnos un espacio visual -cada vez más pictórico- que nos habla de un “lugar imaginario” como “paisaje interior”, como si el artista en su temprana madurez, regresara a la raíz de sus hallazgos.

Omar Pascual